
ALGO HUELE A CADUCADO
Hubo un tiempo, quizá demasiado lejano, en que la plasticidad del rostro de Jim Carrey asombraba a medio mundo. Pero los días de vino y rosas de "Ace Ventura", "La máscara" y "Dos tontos muy tontos", pasaron y, para desgracia de los incondicionales, no volverán. ¡Qué le vamos a hacer, al fin y al cabo todo tiene fecha de caducidad en esto del cine!
Ahora su ingente repertorio de muecas, tics y aspavientos no impresiona a nadie. Literalmente se ha quemado cual Chiquito de la Calzada. Es el alto precio a pagar por repetirse sin mesura; al final, irremisiblemente, la gracia se esfuma, si es que alguna vez la tuvo.
Después del estrepitoso fracaso de "El número 23" Carrey ha vuelto a las andadas protagonizando "Di que sí", una astracanada concebida como una ristra de gags sin sentido, no muy distante a producciones del tipo "Casi 300" o "Disaster Movie". De un metraje de 104 minutos, donde los guionistas han podido plantear perfectamente cerca de dos docenas de situaciones hilarantes, resulta que sólo funciona una. Y todo gracias a la ocurrencia de una insinuante abuela con gana de explorar anatomías sin dentadura.
Desde luego, es indiscutible que la comedia hollywoodiense no atraviesa por uno de sus mejores momentos, ni tan siquiera por uno de los regulares: sencillamente se arrastra por el lodo de la vulgaridad. El esplendor propio de los años cuarenta y cincuenta pasó a mejor vida.
Seguro que a una estrella como Jim Carrey no le faltan asesores de imagen, representantes artísticos y hasta consejeros espirituales. Alguno de ellos, aunque sólo fuera para no aumentar el desastre, podría advertirle que su carrera necesita un cambio urgente y que, puestos a añorar, ya pueden entonar aquello tan consolador de: "Fue bonito mientras duró".
Por último, un breve apunte por si alguien de su entorno pasa la vista por esta solitaria columna, también debiera quitarse de la cabeza el fácil recurso de la comedia gamberra. En este terreno los amos del cotarro son tipos sin escrúpulos artísticos como Aaron Setzer y Jason Friedberg. No sería justo ni elegante, que el nombre de Carrey fuese recordado como parte de esta troupe infame.
Una pena, pero hasta al mismísimo Jerry Lewis le llegó su San Martín.
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